Otra víctima de la Revolución de Octubre

En la madrugada del 5 de octubre de 1934, hace ahora 75 años, saltaban las sirenas de los principales centros de trabajo de Gijón, Avilés, Mieres y el resto de las cuencas mineras de Asturias convocando a la huelga y la Revolución. Los caminos se vieron inundados de tropas milicianas pertrechadas con fusiles de caza, pistolas y cartuchos de dinamita. Se prepararon blindajes para las camionetas confiscadas. Un reguero de combatientes bien dirigidos por sus líderes políticos y sindicales comenzó a avanzar hacia la capital de la burguesía asturiana, el corazón del capitalismo. “¡A Oviedo y a tomar café en el Peñalba!” –el café de la burguesía- clamaban los insurrectos al grito de ¡U.H.P.! (Uníos Hermanos Proletarios). Las calles de la capital se quedaron vacías; sus inquilinos permanecieron mudos, presas del pánico, refugiándose en los rincones más seguros de sus casas, frotándose nerviosamente las manos, rebuscando en los armarios para tratar de salvar sus objetos valiosos. La Plaza de la Escandalera y otros distritos fueron ocupados por el ejército y las Fuerzas de Asalto, montando baterías de ametralladoras y repartiéndose las alturas de los edificios estratégicos, como la torre de la Catedral. Secortó el suministro de agua y luz.

Brotaron los primeros gritos de los insurrectos mezclados con el ruido de los repiqueteos de sus armas, los estallidos de los cartuchos de dinamita y el zumbido de las bombas incendiarias hechas de algodón, trapos y gasolina. Con los obreros rebeldes llegó el anuncio de la colectivización de la propiedad; quedaban confiscados los almacenes, se reorganizaba la vida social de los distritos, se asignaban responsabilidades nuevas a los vecinos, se abolía el dinero, sustituyéndolo por vales. Comenzó una nueva etapa colectiva en los centros de producción de armas, alimentos, ropa, transporte y atenciones sociales. Se ocuparon edificios privados para convertirlos en hospitales de sangre; se tomó posesión de los edificios públicos más emblemáticos para establecer en ellos los cuarteles generales revolucionarios y los comités de abastos; se fortalecieron las laderas del monte Naranco. El Ayuntamiento fue asaltado y convertido en Cuartel General Revolucionario, dejando allí mismo bajo custodia a los primeros prisioneros. La fábrica de cañones de Trubia fue ocupada, dejándola intacta para aprovisionar a los milicianos con material de guerra. Se emplazaron cañones en lugares adecuados para bombardear con proyectiles de impacto la iglesia de San Pedro de los Arcos y la Estación del Ferrocarril, defendida por fuerzas del Gobierno.

El día 7 los milicianos provocaron los primeros incendios – el Convento de Santo Domingo, el Palacio Arzobispal-. Después serían presa de las llamas o de la dinamita la Audiencia , la Universidad , el Teatro Campoamor, el Hotel Inglés. Fue ocupado el edificio de la Diputación y vaciada la caja fuerte del Banco de España. Las milicias rebeldes se dirigieron a los Cuarteles de Pelayo, donde permanecía a la defensiva una nutrida guarnición del Ejército. Después de un tenaz combate con bombas de dinamita y disparos de fusilería lograron la rendición y ocupación de la Comandancia de Carabineros y la Fábrica de Armas de La Vega , próxima a los Cuarteles, apoderándose de gran cantidad de armas.

En Gijón los comités obreros se dispusieron a organizar la vida civil mientras montaban barricadas en los barrios de Cimadevilla y El Llano a la espera de la intervención de las tropas gubernamentales. En diversas localidades se asaltaron los cuarteles de la Guardia Civil. Hubo episodios de mutua violencia entre los combatientes de ambas facciones.

Pero ¿qué había sucedido para justificar que todo un país se levantase en armas contra su gobierno para derrocarlo e implantar una dictadura del proletariado? ¿Cuál era el vínculo que les unía? El Partido Socialista –“el principal orquestador de los hechos”, según Díaz Nosty- y sus Falanges Juveniles llevaban meses preparándose para el asalto; los anarcosindicalistas estaban decididos a acabar con la oligarquía; los comunistas, recelosos, buscaron el control del movimiento revolucionario, sin conseguirlo. Cuando estalló la Revolución en Asturias, añorándose la de Octubre de 1917 en Rusia, los obreros asturianos no tardaron en darse cuenta de que se había producido un cortafuegos: en muy pocos lugares del Estado Español se había hecho otra cosa que declarar una huelga de corta duración. El asalto del equivalente al Palacio de Invierno –el Congreso de Diputados y la Presidencia del Gobierno de Madrid- había quedado abortado.

El día 8 de octubre comenzaron a planear los aviones procedentes del aeropuerto militar de León, lanzando primero octavillas pidiendo la rendición de los rebeldes, y a continuación bombas. Se oyeron rumores de la aproximación de tropas del Gobierno al mando de los generales López de Ochoa, Bosch y Solchaga. Cundió el pavor entre los mineros al correr la voz de que desembarcaban en El Musel de Gijón tropas africanas –Tercio y Regulares- al mando del teniente coronel Juan Yagüe.

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Imagen de época del puerto de El Musel, Gijón

El cielo nocturno de Oviedo se vio iluminado por los reflectores de los acorazados fondeados en el puerto, contribuyendo a magnificar el sentido de derrota de los combatientes revolucionarios.

El día 13, después de innumerables y violentos enfrentamientos en las cuencas mineras y, sobre todo en Gijón y Oviedo, quedaba aún un reducto armado en el barrio de San Lázaro . El capitán Gonzalo Ramajos llevó hasta allí, por la carretera de la Tenderina, a la V Bandera 17 Compañía del Tercio , encuadrada en la “Columna África”, en la que iba mi tío Manuel García Alegre, protagonista de Asturias 1934. Historia de una tragedia. Tras un combate de extrema intensidad y violencia que requirió el auxilio de otra columna de legionarios , se puso fin a la resistencia. Como relataba Manuel en una carta dirigida a su padre –mi abuelo- Román García Gárate, el que fuera maestro nacional de Albalate del Arzobispo (Teruel),

“A nuestro pelotón, por suerte o por desgracia, le tocó ir en vanguardia. Al llegar a un descampado, los rebeldes se hicieron fuertes en unos edificios próximos, que habían sembrado con ametralladoras . Como había un fuego tan grande la columna no podía avanzar, pues el que se adelantaba caía. Nuestro comandante ordenó a mi sección que desenvaináramos los machetes y, al toque de corneta, avanzamos todos como leones. De treinta y dos hombres sólo hemos quedado ¡once! Yo llevé cinco balazos de perfil: tres en el pantalón, aunque tan sólo una bala me hizo una pequeña herida, otra en la frente y otra se incrustó en la madera del fusil. Todos los días cogíamos unos cuatrocientos prisioneros, y en el acto los pasábamos a cuchillo. Toda la capital está bombardeada. Seguramente el Gobierno lo ocultará. Los supervivientes -los de asalto- estamos anotados para una recompensa. Hoy en el Tercio tenemos revista de aseo y nos dedicamos a sacar algunos escombros. Esta gente no nos tiene compasión.”

En medio de un olor pestilente, cuadrillas de soldados, empleados del Ayuntamiento y voluntarios dedicaron varios días a limpiar la ciudad de sangre, cadáveres y cascotes.

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Manuel García Alegre en la calle Uria de Oviedo, al término de los combates

El periódico ABC de Madrid (9 de noviembre de 1934, págs. 25-26) recogió el relato del propio Yagüe sobre la campaña en Asturias y especialmente los combates en las calles de Oviedo, en los que participó mi tío Manuel (columna del comandante Ramajos). Para su mejor visualización, reproduzco aquí, con autorización de ABC, la transcripción de sus palabras (las fotos que acompañan no forman parte de la crónica de ABC). Conviene tener en cuenta la inexactitud en el manejo de las fechas, teniendo en cuenta lo que el propio Yagüe había escrito en su “dietario” (citado por su biógrafo Luis E. Togores en Yagüe. El general falangista de Franco. Madrid, La Esfera de Libros, 2010):

“Día 10 de octubre, miércoles: Salgo de Madrid a las 6.45. Llego a León a las 8.45. Salgo de León por la rotura del freno y demás incidentes a las14.00. Llego a Gijón a las 15.45. La bandera está combatiendo en el Llano. Tomo el mando de la columna por orden del general Caridad y empiezo su organización para salir mañana sobre Oviedo.”

La crónica de ABC sigue así:

YAGÜE DESCRIBE EL ASALTO DEL TERCIO A OVIEDO

OCTUBRE 1934 (ABC 9 de noviembre de 1934, págs. 25-26

La llegada a Gijón

“Con una hora escasa de tiempo hube de preparar mi viaje. Esta es la causa de que el ministro de la Guerra me haya autorizado a venir ahora a Madrid, una vez resuelto lo de Oviedo. Salí de Madrid en avión con lo puesto y en León me esperaba el autogiro que en algo más de tres cuartos de hora me llevó a Gijón, sobre el cual dimos unas cuantas vueltas buscando un sitio para aterrizar. Como no vimos ninguna señal para hacerlo, tomamos tierra en palmo de terreno muy cerca de la carretera a Musel. De la parte del Llano sonaban muchos disparos. No veíamos a nadie por aquellos lugares en los que había señales de haberse luchado recientemente. Barricadas donde había algunos fusiles abandonados y alguna que otra zanja en forma de trinchera. A pie y sólo me dirigí al Musel, viendo a poco que, en dirección opuesta, venían en una camioneta un teniente del tercio con dos legionarios, los cuales me llevaron a presencia del general Caridad, comandante militar de Gijón. Momentos después me incorporaba a las fuerzas del Tercio que luchaban en el Llano.

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Aterrizaje del autogiro de Yagüe en la playa de Gijón. 10 de octubre de 1934.
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De izq. a derecha, los oficiales Ramajos, Gener, Yagüe y Alcubilla

“Una vez que me hice cargo del mando de las fuerzas de África, que eran una bandera del Tercio y un batallón de África, salimos a las 5:30 de la mañana siguiente en dirección a Oviedo. El enemigo, como resultado del encuentro con nuestras fuerzas el día anterior en Gijón, había huido a las alturas inmediatas. Comprendí que mi deber era ganar tiempo y sacrifiqué a la velocidad las medidas de precaución y seguridad. No obstante, envíe de exploración un escuadrón de sables y quedó conmigo otro escuadrón de armas automáticas. Los rebeldes hicieron algunos disparos sobre nuestras fuerzas, pero poco a poco nos dejaron tranquilos. Y yo, entonces, organicé la columna en orden de marcha normal, avanzando a toda velocidad por la carretera de Oviedo. No obstante lo duro de la jornada del día anterior y la penosa travesía por el mar sufrida por estas unidades, la gente respondió y caminaba poseída del mayor. Algunos campesinos que salieron a vitorear a las tropas nos dijeron que el general López Ochoa había pasado por allí la tarde anterior en dirección de la ciudad, pero que no sabían cuál había sido su suerte.

El autogiro aterriza de noche en Oviedo. Una carta

“Al llegar a Lugones hice alto y, como por las inmediaciones se escuchaban algunos disparos sueltos, tomé con las fuerzas el orden de aproximación, caminando de esta forma sin ser hostilizado hasta kilómetro y medio antes de Oviedo, donde se percibían señales de lucha, aunque no muy intensa. Eran ya las 5:30 de la tarde, quizá algo más, pues la noche se nos echaba encima. En ese crítico momento, vemos aparecer el autogiro, que fue saludado con gran aplauso y, a unos pasos de nuestra columna, aterrizó. Su piloto, un oficial de marina, cuyo nombre no recuerdo en este momento, pero muchacho de una gran serenidad y valentía, me entregó una carta del general Caridad.

“El piloto del autogiro, que había hecho un amplio reconocimiento sobre las cercanías de Oviedo, me advirtió que, a unos ochocientos metros de donde yo estaba, había unos treinta camiones interceptando el camino, en los que se ocultaba un gran un núcleo de rebeldes que no daba señales de vida. Comprendí que ese silencio obedece a su deseo de tenderme una celada y, como ya era de noche, decidí fortificarme en aquella posición ventajosa para mí, y permaneció allí hasta el día siguiente.

Consideraciones de orden moral y práctico

“Organizamos, mejor dicho, improvisamos la posición defensiva y aquella noche transcurrió sin más novedad que unos cuantos disparos sueltos, que ni siquiera fueron contestados. Nos mojamos un poco, pero, al amanecer, todo el mundo reaccionó y se hallaba dispuesto a entrar en Oviedo por las malas o por las buenas. Aunque las tropas habían podido aprovisionarse de algo en Gijón, la dureza de las jornadas nos habían abierto el apetito, y la ocupación de Oviedo ya se nos ofrece como una liberación. Nos hallábamos a algo más de kilómetro y medio del Cuartel de Infantería. El objetivo más urgente y principal no era ocupar Oviedo, sino disgregar los grupos de rebeldes que pudieran oponerse a mi paso. Una consideración de orden moral y otra de orden práctico me obligaba, primero a iniciar el avance de mis tropas empleando frentes extensos para dar la sensación al enemigo de que eran muchas las tropas que atacaban, y después a elegir posiciones ventajosas para dominar las entradas de Oviedo por el fuego y facilitar nuestro paso, y a su vez dar tiempo a que los rebeldes abandonaran sus reductos. De esta forma, mi maniobra tendía a romper su principal bloque de resistencia para abatir aisladamente a los distintos núcleos de sediciosos.

“Yo quería a todo trance evitar que a nuestras tropas les ocurriera lo que a las que venían defendiendo heroicamente Oviedo, es decir, que quedáramos embotellados y a la defensiva. Para lo cual teníamos que conservar la libertad de movimientos y esto sólo se conseguía avanzando con cautela y siempre en posiciones ventajosas, para evitar que fuéramos envueltos. Con ello creció mucho laboral de mi gente.

“En la madrugada de este día, me entero por el capitán Loma, oficial retirado que hubo de luchar después con gran heroísmo a mis órdenes, enviado por el general Caridad desde Gijón, que habían desembarcado en Musel una bandera del Tercio y un tabor de Regulares, tropas éstas que ya se habían puesto en camino. Y con las espaldas guardadas, decido el ataque al Manicomio (NOTA 1), después de envolver la ciudad en un amplio despliegue, en cuya maniobra los rebeldes nos hostilizan, aunque abandonando sus posiciones. Una compañía de la Legión, en un brioso asalto, se apodera del Manicomio y entonces me decido a ocupar la fábrica de armas en este momento recibo una orden del general López Ochoa de continuar el avance. Me trae esta comunicación un oficial de Regulares que por cierto había contraído matrimonio el día cinco, el cual se pasó una semana sin saber la suerte que hubo de correr su mujer, ya que desde el momento de la rebelión se puso a las órdenes del comandante militar, tomando parte en la defensa de la ciudad.

Tras un duro combate, se ocupa la estación del ferrocarril

“Ocupamos con muy pocas bajas la fábrica de armas, con la mala suerte de perder al comandante del tabor de Regulares Ruiz Maset, a los pocos momentos de haberse incorporado estas fuerzas, que hubieron de reforzar nuestro ataque distribuyéndolas en ese frente amplísimo que yo había dispuesto. Ya en nuestro poder la fábrica de armas, sin ninguna dificultad logramos entrar en el cuartel de Infantería, donde aquella noche pernoctamos cerca de cinco mil hombres. Allí encuentro al general López Ochoa y se dispone para el día siguiente la ocupación de los reductos en que todavía se hacen fuertes los rebeldes. Con una bandera del Tercio y dos compañías de Regulares, iniciamos el asalto a la estación de ferrocarril, que fue el ataque más empeñado de cuantos sostuvimos en Oviedo. La resistencia que hicieron los rebeldes fue verdaderamente tenaz. Habían emplazado numerosas ametralladoras en las ventanas del edificio y otras casas inmediatas, y el fuego era intensísimo. Teníamos ya por nuestra parte bastantes bajas, y el avance se hacía cada vez más arriesgado. El denso haz de plomo que caía sobre nuestras tropas las había pegado al terreno. No valían de nada los esfuerzos individuales. Algunos legionarios querían lanzarse sobre la estación con bombas de mano. Entonces comprendí que el ataque había de ser colectivo y, arengando a la gente, se pusieron todos en pie y, armando la bayoneta, se lanzaron al asalto. Los momentos fueron de intensa emoción. Los cien metros que nos separaban de la estación fueron recorridos en breves segundos. Mientras unas compañías envolvían el edificio, otras avanzaban de frente, regando el camino de numerosas bajas. Un núcleo de legionarios que llegó en cabeza se apoderaron de unas cuantas ametralladoras, tomando las del brocal, capturando a sus defensores, que, ante lo impetuoso del avance, no habían tenido tiempo de un huir.

“En la estación se había organizado un tren que los rebeldes pensaban aprovechar para huir, y éste ya se hallaba ocupado por gran núcleo de éstos. El tren se ponía en marcha en aquel momento, y los legionarios, saltando sobre las bateas, se apoderaron de los fugitivos, mientras otras fuerzas lograban detener el convoy, haciendo prisioneros a sus ocupantes. Nosotros tuvimos en este combate unas cien bajas, pero fueron mucho mayores las que hicimos a los rebeldes.

“Mientras tanto, otra columna, mandada por el comandante Ramajos (Nota 2), formada por una bandera del Tercio [la V] y una compañía de Regulares, se apoderaba de la fábrica de cerillas y consumaba el envolvimiento de Oviedo por el este. Una vez en nuestro poder la estación, continuamos el avance, ocupando San Pedro y el hospital Provincial.

La ocupación del hospital. Los rebeldes se habían disfrazado de médicos y enfermeros

“La ocupación del hospital Provincial ofreció para nosotros una gran dificultad. Sabíamos que había en él gran número de heridos y enfermos, y no podíamos entrar en él a tiro limpio sin riesgo de herir al personal facultativo y a cuantos en él recibían asistencia. Pero el caso era que desde este edificio se hacía mucho fuego. Yo me fui con una compañía de legionarios y otra de Regulares hacia el monte Naranco, que limpié de enemigos, recogiendo bastante armamento de los rebeldes. Al pasar por la calle de Uría, los vecinos de las casas, que apenas habían dado señales de vida durante todos estos combates, se asomaban a los balcones, vitoreando con gran entusiasmo a las tropas y excitándonos con mil frases de estímulo y elogio.

“La “papeleta” del hospital había que resolverla a todo trance. Yo me fui con este pequeño núcleo de fuerzas camino del hospital, dispuesto a apoderarme de este reducto con el menor daño de los que se hallaban en su interior. Para ello ocupé una casa próxima, y en ella me enteraron de que en dicho centro benéfico se ocultaban numerosos rebeldes. Una vez que hube batido con las armas automáticas los puntos donde nos “asaban”, decidí que una sección de Regulares y otra del Tercio asaltaran el edificio por uno de sus flancos, logrando entrar, no sin que nos causarán algunas bajas, menos de las que creíamos, a juzgar por el terreno descubierto en que nos teníamos que mover. Para cuando entramos en las salas del hospital, habían “chaqueteado” sus defensores. No todos, porque gran número de ellos se ocultaban en distintas habitaciones y debajo de las camas. Otros se habían puesto las batas de los médicos y las divisas de la Cruz Roja.

“Hice que formase todo el personal, y entonces exigí a los verdaderos médicos, que no habían abandonado un solo momento a sus heridos y enfermos, me dijeran quiénes de los que allí formaban se hallaban destinados en aquel centro y aquellos que habían hecho fuego contra las tropas. Más de la mitad, unos quince o veinte, eran médicos y enfermeros fingidos. Entre las enfermeras había unas ocho o diez enfermeras laicas. En el depósito de cadáveres encontramos refugiados a unos cuantos, y allí mismo recogimos unos sesenta fusiles que habían sido escondidos. Con todos ellos hicimos una columna de prisioneros, que entregamos en la ciudad.

“La columna de San Lázaro, al mando del comandante Ramajos, fue ocupando casa por casa. Esto era el día 13, y el 14 y 15 continuamos combatiendo en este mismo barrio hasta dejarlo limpio de rebeldes, y el día 16 es cuando salí con toda la columna a ocupar el cementerio nuevo, último reducto de los revoltosos, que hubo que tomar también después de dura lucha, pudiéndose ya dar por terminada toda la ciudad. Ese mismo día, por la tarde, las gentes salían de sus casas con el júbilo que es de suponer, y se comenzaba la recogida de los muertos. Cinco días nos costó la ocupación y pacificación de Oviedo, cinco días en los que apenas tuvimos tiempo para comer. Por eso nos vinieron muy bien los depósitos de artículos alimenticios que habían organizado los rebeldes. Cuando se combate, el hambre apenas molesta; pero una vez en franquía, nuestros estómagos reclamaron todos los derechos atrasados, que, por cierto, se vieron bien colmados.

La conducta de legionarios y Regulares

“Cuanto se ha dicho de la actitud de estas fuerzas respecto a que hayan realizado algunas represalias, es completamente inexacto, además de una terrible injusticia. Algunos han querido ensombrecer el heroísmo de estas fuerzas con esos relatos que no se ajustan a la verdad. Yo estoy verdaderamente entusiasmado de ellas, tanto de los Regulares como de los legionarios. Cuidé mucho de que hasta los más pequeños objetivos fueran siempre cubiertos por las mando de un oficial. No hubo, pues, ninguna extralimitación. En Gijón hicieron los legionarios más de cuatrocientos prisioneros en plena lucha, y todos fueron respetados. Y en Oviedo, hasta aquellos rebeldes que fueron sorprendidos con las armas y señales de haber disparado éstas, se les hizo prisioneros, no obstante saber que ellos eran los causantes de nuestros muertos y heridos. Por otra parte, cuanto se ha dicho de robos y desmanes, es igualmente incierto e intolerable. Una prueba de ello es que unos legionarios encontraron varios títulos al portador del Banco Exterior de Crédito, y se apresuraron a devolverlos, y eran por importe de unas 200.000 pesetas.

“Estas fuerzas, como todas las que han intervenido, merecen el homenaje de todos los buenos españoles. Su lealtad y heroísmo merecen mejor trato, aunque en verdad hayan sido extranjeros los que primero se han apresurado a calumniarlas. El legionario, con su acometividad, su bravura y su carácter, siempre jovial y dispuesto a todo, es el mejor tipo de soldado. Su mejor complemento es el soldado de Regulares, valiente, astuto y ágil, leal y subordinado. Con ellos […] se puede ir a todas partes, convencido de que, por grandes que sean las penalidades, el riesgo, el hambre, el frío y la lluvia, como nos ha ocurrido precisamente en los días de lucha, su espíritu y su acometividad parecen acrecentarse cuanto mayores sean los obstáculos que tienen que vencer.
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NOTA 1. Las construcciones más viejas del antiguo manicomio databan de 1934 y fueron diseñadas por un arquitecto con apellido de psiquiatra, Bobes. El complejo de La Cadellada tenía siete edificios. Cuatro pabellones, la cocina, la iglesia y el área administrativa del Psiquiátrico, más conocida como La Moncloa.
NOTA 2. La V Bandera 17 Compañía, al mando del comandante Ramajos, es la de Manuel García Alegre

El día 18 se acabaron los jaleos. El líder revolucionario Belarmino Tomás se sentó a negociar con el general López de Ochoa las condiciones de rendición de los revolucionarios. Inmediatamente comenzó la fase de represión. Algunos diputados en Cortes se acercaron a Oviedo para estudiar las denuncias de torturas infligidas a los prisioneros por el Comandante Doval y su Tercio Móvil, compuesto por 200 miembros seleccionados para tal menester –auténticos profesionales de la tortura-entre las fuerzas de Seguridad. Mi tío, internado en el Hospital Provincial, no formó parte de aquellos hechos, considerados como de los más crueles de la historia de España.

El 5 de octubre de 2009 me senté al pie del monumento a José Tartiere, esquina al Campo de San Francisco de Oviedo, en el mismo banco y el mismo punto en el que, hace exactamente 75 años, se había fotografiado mi tío Manuel, el legionario, flanqueado por dos moros armados.

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Frente a mí se hallaba la plaza de la Escandalera, rodeada de luz y de paseantes tranquilos. Un poco más allá, hacia el fondo, se veía la torre de la catedral; a un paso se levantaba el modesto edificio, ya restaurado, de la Universidad ; en otro punto resaltaba la repujada arquitectura de la antigua Diputación. A mi izquierda discurría la calle Uría, el eje central de la ciudad, una ciudad limpia, hermosa, burguesa.

Unas horas antes se me habían helado las venas al penetrar en las salas del antiguo Cuartel de Pelayo –hoy Facultad de Humanidades del Milán- donde pernoctó mi tío para descansar tras los combates.

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Mientras permaneció en el Hospital Provincial de Llamaquique tuvo a su lado una capillita de la Virgen del Pilar de Zaragoza que le había entregado una monja enfermera -Sor Pilar- para que pudiera beneficiarse de sus sobrenaturales poderes curativos.

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Antiguo Hospital Provincial de Oviedo (Llamaquique)

Al hospital acudían a visitarlo amigos de su padre y muchos de sus compañeros de la legión -el más fiel, Roque Guillén Barranco, que se encargó de atenderlo hasta el último suspiro. Roque regresaría al cuartel de Dar Riffien, junto a Ceuta, y participaría en la toma de Sevilla, Badajoz, Talavera y Madrid. En los años cincuenta fue ascendido a Teniente Legionario-.

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Roque Guillén Barranco en 1935

Me deslicé, en medio del silencio del cementerio de San Salvador, en el barrio de San Lázaro, entre las lápidas de las víctimas de aquel Octubre de 1934. En algún nicho bajo tierra fue enterrado mi tío el 22 de febrero de 1935. Aún conservo la fotografía de la lápida colocada el 2 de noviembre de 1935 por la familia de José Saavedra, ingeniero de los Estados Unidos, residente en aquella época en Villa Lucía (Oviedo).

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Arriba, José Saavedra. Debajo, tres de sus hijas: Amalia, Flor y Lucía. La casa posiblemente sea Villa Lucía, en Oviedo (c. 1934)
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Tumba de Manuel García Alegre, Oviedo 1935 (hoy desaparecida)

Abajo, la misma zona del cementerio de San Salvador en mayo de 2009

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Abajo, tumbas vecinas de los guardias civiles Justo García Gajate, cabo Fermín Peláez García y Bernabé Ballesteros Torralbas

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Conservo de Manuel García Gárate una cartera que llevaba en su macuto y un arrugado Credo Legionario.

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Lo que queda de él forma parte de la memoria familiar. Pero la memoria y el recuerdo son recreaciones simbólicas; lo que sin duda permanece en mí son las fibras de mis abuelos, las mismas fibras de mis padres, de mis hijos y de mis nietos. Las de mi tío Manuel. Una víctima más de la Revolución de Octubre.

© Emilio García Gómez – Enero 2013

Actualizado: 15 de septiembre de 2013