Prefacio

La memoria es simplemente el archivo del pasado. Pero no es un repositorio de efectos que se pueden enumerar, describir y clasificar con la frialdad de un contable. Cada cajita de correspondencia encierra una historia personal; cada grafema, cada tilde, cada frase, cada fotografía, cada nombre y cada una de las referencias que con­tiene son los restos de un mundo en movimiento, a veces reposado, a veces brusco, con frecuencia violento.

La historiografía está llena de tratados científicos por el método, inflexibles con las fuentes, neutrales por la perspectiva adoptada. Pero el análisis de la historia raramente es ecuánime; sólo tiene como límite los textos documentales, que también hay que interpretar. Como consecuencia de ello, dos exégetas diferentes del mismo hecho pueden ofrecer una versión contradictoria del significante y el significado, dejando abierta una ventana a través de la cual los espectadores ven lo que se les permite ver o lo que quieren ver. El preciado coste es la credibilidad histórica.

De esta manera, cuando se aborda el espinoso asunto de la res­ponsabilidad de los espectadores, los actores y los guionistas de un episodio o sucesión de episodios del devenir histórico, se puede encontrar al experto en contar cosas sin decir nada; o al escritor que exhibe una elevada dosis de pantosofía por el volumen de citas bi­bliográficas; o a ese otro que desde el principio adopta una actitud claramente favorable o decididamente hostil a los episodios o los personajes que enumera; también a quien se sitúa en un lado del espec­tro con arreglo a una división maniquea de la sociedad, la de los bue­nos y los malos, sin que haya hueco para posiciones intermedias; y, finalmente, al fanático aquejado de evangelismo pontifical, convencido de ser portador de un mensaje que el lector necesariamente ha de escuchar, aceptar a ciegas y poner en práctica sin ningún criterio contrastivo.

Nosotros valoramos positivamente cualquiera de las opciones posibles que pueda uno adoptar ante los hechos. Pensar individual o colectivamente de una forma o de otra y establecer relaciones vinculantes con las ideas son un derecho democrático, no un dogma. “Unos hechos, unas ideas,” advierte uno de los que mejor han enfocado, a nuestro entender, la insurrección proletaria de Asturias, “son siempre vistos por un hombre y este hombre los ve y los interpreta a su ma­nera. Él es objetivo, pero lo es en relación a sí mismo, nunca en relación a los demás. Otra cosa sería una traición a sí mismo.” (Molins i Fábrega, 1935) El mismo autor, periodista y militante trotsquista, plantea el dilema ético de si en la toma de posiciones uno se pone al servicio de alguien. “Confieso que sí,” responde sin reservas. “No podría escribir si supiera que mi libro no ha de tener utilidad para alguien y, en este caso, este alguien es la clase trabajadora.” Lo que no deja claro es si aceptaría que su propia argumentación política e ideológica fuera empleada por los defensores del espectro político contrario, a quienes él combatió con todas sus fuerzas.

El punto de partida de este libro es una pequeña tragedia, aislada e insignificante en la magnitud de los acontecimientos de Asturias durante la revolución de octubre de 1934. Todo lo que en él se cuenta ha pasado por el filtro idiosincrático del autor, que en ningún momento se ha sentido historiador, ni descriptor ni fabulador, sino sólo narrador, sin sujetarse a un esquema ideológico preconcebido. Y así se entrega al tribunal encargado de juzgarle: que sean tantos sus jueces como tenga lectores.

Por falta de pretensiones académicas, hemos manejado una bibliografía suficiente, aunque a los especialistas les parecerá escasa y sin un criterio de selección. No obstante, hemos procurado respetar las habituales normas de decencia académica, reproduciendo las citas textuales en sus límites imprescindibles y dando crédito a las fuentes consultadas. Algunas de esas citas -en inglés en el original- han sido traducidas directamente al español por el propio narrador. Otras, por falta de los originales, han sido tomadas de terceros, debidamente identificados.

La correspondencia del protagonista de esta historia, Manuel García Alegre (a quien llamaremos Manuel), escrita a lápiz, y la de sus referentes se reproducen conservando su literalidad. Sólo se han corregido algunos deslices ortográficos y sintácticos y unos pocos dia­lectalismos, conservando aquellas expresiones exo-normativas que no afectan a la integridad y la veracidad del mensaje.

Expresamos nuestro agradecimiento a los autores de los libros y artículos citados a lo largo de este trabajo. Sus diferentes enfoques no hacen más que enriquecer el estudio de la historia. Todos han contribuido, cada uno a su manera y con su personal estilo, a la expansión del archivo general de la memoria.

Mención especial queremos hacer del ex-cura obrero, Laureano Molina Gómez, cuya fascinante meditación sobre el significado del ser se ha convertido en modelo imprescindible para nosotros, nuestro trabajo y nuestra familia. Su minuciosa lectura de las pruebas, su evaluación y su dictamen final nos han permitido corregir errores de transcripción y enriquecer algunos enfoques que, de otro modo, pasarían desapercibidos.

En lugar preferente desea el autor situar a su esposa, Mary Carmen Villanueva Romero, que ha seguido pacientemente el trayecto emprendido en busca de los lugares más emblemáticos de esta historia. También queda especialmente agradecido a los encargados de la biblioteca de Xàbia (Alicante) y de la Biblioteca de Ciencias Sociales de la Universitat de València, siempre ágiles y atentos, así como a los funcionarios del Archivo Histórico de Oviedo cuyo soporte técnico, a pesar de las limitaciones documentales, ha sido impecable.

Son de agradecer las largas y amenas conversaciones telefónicas que el autor ha mantenido recientemente con Leonardo Lobato Morales, ex-combatiente de la V Bandera 17 Compañía del Tercio, la misma a la que pertenecía el protagonista de esta historia, aunque formó parte de la siguiente promoción, a las órdenes del teniente coronel Juan Yagüe.

Igualmente deseo citar mi suerte al encontrar en mi camino, por casualidad e inintencionada simultaneidad, a tiempo para esta segunda edición, la impresionante obra de Javier Rodríguez Muñoz sobre Asturias 1934, publicada serialmente en el diario La Nueva España de Oviedo. Y también la emotiva y dolorosa novela de Esteban Greciet, Preludio de Fuego, basada en los mismos episodios y presentada el mismo día y en el mismo lugar que nuestro relato.

No encuentro palabras suficientes para atestiguar adecuadamente el apoyo incondicional que he recibido del escritor Alfons Cervera, maestro de la comunicación y analista de la compleja sociedad en que vivieron nuestros padres y en la que nos toca vivir a nosotros, y a quien debo su presencia y su asesoramiento en la presentación de dos de mis trabajos más recientes. Y una mención especial de Josep Lluís Galiana, director del Club Diario Levante de Valencia, que leyó hasta la última palabra y con entusiasmo contagioso el texto de mi libro. Y, desde luego, las facilidades que Editorial Prensa Ibérica me ha dado no sólo para la presentación de mis libros sino también para la expresión de mi pensamiento a lo largo de muchos años y sin ninguna restricción en las páginas de opinión del diario Levante-EMV.

Por último, sin titubear un solo instante, el autor se siente especialmente inclinado a resaltar el valor de la herencia moral recibida de sus mentores, cuya contribución a la historia de la humanidad puede parecer inmaterial, inconsecuente e invisible, como un simple tornillo, pero resulta fundamental en la cadena general de transmisión del conocimiento.

© Emilio García Gómez – Marzo de 2010